lunes 13 de julio de 2009

Caritas in Veritate, en la continuidad

VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA por don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - Caritas in Veritate, en la continuidad

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) –
El corazón y la razón: el corazón, como centro de la personalidad humana y la razón como imprescindible condición de toda acción auténticamente personal. Estas parecen ser las grades coordenadas de la tercera Encíclica de Benedicto XVI: Caritas in Veritate. Un texto que entrará en la historia por su dimensión “hermenéutica” de la propuesta ofrecida.

Siguiendo aquella que podemos definir una de las “líneas directivas” de su pontificado, la hermenéutica de la continuidad, el Santo Padre propone una atenta relectura de la Populorum Progressio del Siervo de Dios Pablo VI, afirmando:

«El punto de vista correcto, por tanto, es el de la Tradición de la fe apostólica [cf. Discurso en la inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13 mayo 2007], patrimonio antiguo y nuevo, fuera del cual la Populorum progressio sería un documento sin raíces y las cuestiones sobre el desarrollo se reducirían únicamente a datos sociológicos» (n. 10).

Y más aún: «La relación entre la Populorum progressio y el Concilio Vaticano II no representa una fisura entre el Magisterio social de Pablo VI y el de los Pontífices que lo precedieron, puesto que el Concilio profundiza dicho magisterio en la continuidad de la vida de la Iglesia [cf. Discurso a la Curia Romana con motivo de las felicitaciones navideñas (22 diciembre 2005)]. En este sentido, algunas subdivisiones abstractas de la doctrina social de la Iglesia, que aplican a las enseñanzas sociales pontificias categorías extrañas a ella» (n. 12).

Las categorías a las cuales hace referencia el Papa, como se sabe, son las de “tradición” y “progreso”, las cuales, legítimamente contrapuestas, no son otra cosa que la versión “laica” de la hermenéutica de la continuidad y la ruptura: la primera legítima, la segunda portadora de graves y peligrosos equívocos, aplicada con demasiada frecuencia al Concilio Vaticano II y reiteradamente estigmatizada por el Magisterio Pontificio, desde el histórico discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre del 2005.

En efecto «No hay dos tipos de doctrina social, una preconciliar y otra postconciliar, diferentes entre sí, sino una única enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva [cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 3]. Es justo señalar las peculiaridades de una u otra Encíclica, de la enseñanza de uno u otro Pontífice, pero sin perder nunca de vista la coherencia de todo el corpus doctrinal en su conjunto [cf. ibíd., 1]» (Ivi).

Para ello, sin embargo, ¡es necesario ser hombres! Es necesario no vivir de “rupturas interiores” no resuelta, es necesario amar, sincera y apasionadamente, a la verdad más que a uno mismo, más que al propio poder, más que a la propia opinión intelectualista. Es necesaria, en una palabra, la “moralidad del conocimiento”, que es anterior, tanto lógicamente como por experiencia, que la misma moralidad del actuar.

Corazón y razón, amor y verdad, representan las condiciones mismas de posibilidad de una vida auténticamente humana. Una vida que, necesariamente, por una propia exigencia interna, pide ser vivida en la “continuidad”, la cual no es solamente una categoría hermenéutica, sino que en realidad es una condición antropológica: sin continuidad no hay historia, no hay cultura y, en definitiva, no hay hombre.

La Iglesia, como lugar de la vida por excelencia, no puede jamás dejar de considerar estas condiciones morales y antropológicas de la consciencia, convencida como está del hecho de que el progreso coincide con el anuncio de Cristo Resucitado; anuncio sin el cual el mundo no tiene futuro y pierde, por consiguiente, toda fuerza dinámica de desarrollo. (Agencia Fides 9/7/2009)

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lunes 6 de julio de 2009

Devoción a la Preciosísima Sangre de Cristo



CIUDAD DEL VATICANO, 5 JUL 2009 (VIS). – Benedicto XVI recordó esta mañana antes de rezar el Ángelus que antiguamente el primer domingo de julio se caracterizaba por la devoción a la Preciosa Sangre de Cristo; una tradición confirmada, dijo, «por el beato Juan XXIII, que en la Carta Apostólica Inde a primis, del 30 de junio de 1960, explicaba su significado y aprobaba las Letanías».

Ante los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa explicó que «el tema de la sangre, ligado al del Cordero pascual, asume una importancia de primer orden en las Sagradas Escrituras», y rememoró la frase de Cristo en la Última Cena : «Esta es la sangre de la alianza, derramada por muchos para el perdón de los pecados».

«Está escrito en el Génesis –prosiguió– que la sangre de Abel, asesinado por su hermano Caín, grita a Dios desde la tierra. Y desgraciadamente, hoy como ayer, este grito no cesa porque la sangre humana sigue corriendo a causa de la violencia, de la injusticia y del odio. ¿Cuándo aprenderán los seres humanos que la vida es sagrada y pertenece solo a Dios? ¿Cuándo entenderán que somos todos hermanos? Al grito por la sangre derramada, [...] Dios responde con la sangre de su Hijo, que dio la vida por nosotros. Cristo no respondió al mal con el mal, sino con el bien, con su amor infinito».

«La Sangre de Cristo es la prenda del amor fiel de Dios por la humanidad. Mirando las llagas del Crucificado, todo ser humano, incluso en condiciones de extrema miseria moral, puede decir: Dios no me ha abandonado, me ama, ha dado la vida por mí y así reencontrar la esperanza».

ANG/SANGRE CRISTO:VIAREGGIO:COTABATO/... VIS 090706 (460)

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sábado 20 de junio de 2009

Annus Sacerdotalis

Cor Iesu, in Te confido!




Significado del logo del Annus Sacerdotalis:

La iconografía corresponde a aquella del Sagrado Corazón, como hecho de que la Jornada anual de la santificación sacerdotal ha siempre coincidido, desde su institución, con la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Es por eso que inmediatamente presenta el tema de la específica santidad a la que es llamado el ministro sagrado.

La visibilidad del Corazón, que expande sus rayos, hace recordar la frase del Santo Cura de Ars, quien define el sacerdocio como “el amor del Corazón de Jesús” (“Le Sacerdoce, c’est l’amour du Coeur de Jésus” (en Le curé d’Ars. Sa pensée – Son Coeur. Présentés par l’Abbé Bernard Nodet, éd. Xavier Mappus, Foi Vivante 1966, p. 98. La expresión aparece citada también en el Catecismo de la Iglesia católica, n. 1589).

La estola, que reviste la figura de Jesús, lleva a considerar su Ser de Sumo y Eterno Sacerdote y el hecho de que todo presbítero debe constituir continuidad de aquel Único Sacerdote en la historia y entre las futuras generaciones.

Los brazos abiertos quieren manifestar la forma típica orante y de meditación, que son propias del sacerdote. Las llagas en las manos y en el costado, visibles en la figura del logo, recuerdan el único sacrificio redentor y quieren dar a conocer la satisfacción vicaria y la total entrega de sí, típicas en el sacerdocio. La actitud de acoger parece que quiere decir: Venite ad me, omnes, qui laboratis et onerati estis, et ego reficiam vos. “Venid a mi todos los que estáis cansados y oprimidos que yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Invitación consoladora para cada sacerdote, que sufre la fatiga del trabajo diario movido por la caridad pastoral, también en los campos más áridos y llenos de piedras y que, a su vez, muestra la misma actitud a favor de aquellos que le son cercanos, como de aquellos lejanos.

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jueves 16 de abril de 2009

La crisis actual en la fe del pueblo cristiano

VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA de don Nicola Bux y don Salvador Vitiello - Los cristianos deben renunciar al mundo, también en la Iglesia

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) –
Existe un «hilo rojo» que relaciona la homilía de la Vigilia Pascual del Santo Padre a la ya célebre meditación del Vía Crucis 2005, y a la del 22 de febrero de 2006 sobre el hecho de “hacer carrera” y del abril siguiente sobre los «escaladores» en el redil y, recientemente, a la homilía de la Misa Crismal donde señala que «El unirse a Cristo supone la renuncia. Comporta que no queremos imponer nuestro camino y nuestra voluntad; que no deseamos llegar a ser esto o aquello sino que nos abandonamos a Él en cualquier lugar y en el modo como Él quiera que le sirvamos».

Sin embargo, tal pensamiento él ya lo había expuesto en su libro «Introducción al Cristianismo»: «Los verdaderos creyentes no dan nunca excesivo peso a la lucha por la reorganización de las formas eclesiales. Ellos viven de lo que la Iglesia siempre es. Y si se quiere saber qué es realmente la Iglesia, hay que acudir a ellos. La Iglesia, en efecto, no está dónde se organiza, se forma, se dirige, sino que está presente en los que creen con sencillez, recibiendo en ella el don de la fe que se convierte para ellos en fuente de vida… Eso no quiere decir que hay que dejar todo como está y soportarlo tal como es. El soportar también puede ser un proceso sumamente activo...» (ed. Queriniana-Vaticana, 2005 a propósito del artículo sobre el Espíritu y la Iglesia, en particular a p 333-337).

La fe católica necesita un sano y sereno pluralismo teológico: toda opinión tiene derecho de ciudadanía en la Iglesia, a condición de que pueda exhibir razones teológicas pertinentes. Para llegar a eso, es necesario saber distinguir entre lo que los cristianos deben creer, esto es, la doctrina autorizadamente propuesta por el magisterio eclesiástico como una verdad divinamente revelada (la doctrina segura, cierta y pura de la que escribe Pablo a Timoteo) y lo que pueden creer, es decir una opinión que se han hecho o la adhesión a la opinión de algún teólogo. El poder de enseñar la verdad, Cristo lo ha dado sólo a su Iglesia.

El Papa está llevando a justa maduración la verdadera realización del Concilio Vaticano II, en continuidad con la Tradición y esto sólo se produce participando de la doctrina segura. «Sine doctrina –decía ya Catón– vida este quasi mortis imago». San Pablo habla de doctrina segura, sana y pura (cf. Tito 1,7-11; 2,1-8): a nuestro parecer la doctrina

es «segura» si está fundada en Jesucristo y en la primacía petrina;
es «sana» si es inmune de pensamientos desviados; y
es «pura» si está exenta de poluciones de las opiniones mundanas.

Por ello, Joseph Ratzinger a su tiempo recordó que la Iglesia no puede cambiar la fe y a un tiempo pedir a los creyentes permanecer fieles a la misma. Por el contrario, está íntimamente obligada hacia la Palabra de Dios y hacia la Tradición. Éstos explica sus gestos.

Eso significa, como algunos han apuntado, que el Concilio Vaticano II no ha creado o negado ningún dogma ni lo ha interpretado de modo diferente a la Tradición. La infalibilidad de la Iglesia está precisamente ahí: ser asistido por el Espíritu Santo hasta el punto de no querer ni poder renegar de la fe transmitida por los Apóstoles.

La llamada «“fractura” del postconcilio» ha sido producida por cierta teología que ha querido interpretar arbitrariamente el Concilio, hablando de un presunto “espíritu”, diferente del Espíritu Santo que hasta entonces había conducido la Iglesia (cf. Benedicto XVI, Conversación a la Curia romana del 22 de diciembre de 2005).

Así se ha comenzado a hablar de «teología preconciliar» que se debe superar y eliminar para siempre, sustituyendo a los representantes de la «teología conciliar». Ahora la verdadera teología no pretende ser portadora de una verdad absoluta que todos deben aceptar por fe; una opinión o escuela teológica no puede imponerse como la única manera de vivir la fe, ni puede «excomulgar» las otras escuelas y opiniones.

La verdadera teología es solamente una tentativa de interpretación de la doctrina de la fe, siempre se basada en el dogma, sin anteponer a la palabra de Dios una opinión humana. La verdadera teología no pretende eliminar el dogma (eliminando partes, haciendo una selección entre los «artículos de fe»), ni superarlo (añadiendo nuevos «artículos de fe»).

Por tanto, la crisis actual en la fe del pueblo cristiano viene por el error grave de confundir la teología con el Magisterio y el Magisterio con la teología. Los teólogos son considerados, o se consideran, más importantes que los Obispos y el Papa, casi legítimos intérpretes del Vaticano II, que habrían «anticipado» y luego «inspirado». La verdad de la fe católica viene sólo del Magisterio del Papa y los Obispos en unión con él. (Agencia Fides 16/4/2009)

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miércoles 11 de febrero de 2009

Carta de apoyo al Papa Benedicto XVI


¡Firme la carta de apoyo al Papa Benedicto XVI!

En el sitio Apoyo a Benedicto XVI

Llamamiento de unos simples fieles Católicos

Esta carta reúne a fieles Católicos de todas las tendencias, que desean apoyar al Papa en su gesto valiente. Los animadores de este sitio le aseguran la entera confidencialidad a los firmantes cuyos nombres serán entregados únicamente a la Santa Sede.

El 21 de enero, Vuestra Santidad decidió poner término a la excomunión que recaía sobre los obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Mediante este gesto valiente, actuasteis como pastor del rebaño que Dios os confió.

Somos hombres y mujeres involucrados en todos los aspectos de nuestra sociedad, somos padres de familia o solteros, que tras el temporal cuando «la barca parecía inundarse», desean edificar junto con Vuestra Santidad la Iglesia de mañana, tomando como base la Tradición de la Iglesia. Esta intención pasa necesariamente por la transmisión de la Fe a las generaciones futuras, por el amor a la Liturgia Católica y por la defensa de la vida humana.

Con esta carta, deseamos ante todo expresaros nuestra más honda gratitud. Si bien por este gesto histórico pueden surgir críticas en ciertos medios de comunicación hostiles que a menudo distorsionan los hechos, en nosotros suscita una inmensa alegría y nos llena de esperanza. Hemos rezado por Vuestras intenciones, atendiendo el deseo que expresasteis al principio de Vuestro pontificado: «Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos». Benedicto XVI, Homilía de la Santa Misa en el solemne inicio de pontificado (24 de abril de 2005).

Queremos, firmando esta carta, indicar nuestra edad y número de hijos para manifestarle a Vuestra Santidad que juntos queremos construir para las siguientes generaciones una Cristiandad, que esperamos de todo corazón, sea libre de complejos y proclame por todo el mundo el Credo.

Es con un profundo respeto filial que os dirigimos nuestras oraciones diarias, Santo Padre, para la continuación de Vuestro pontificado con el propósito de siempre magnificar a la Iglesia de Dios.

«Nada envalentona más la audacia de los malos que la debilidad de los buenos». León XIII, Encíclica Sapientiae Christianae (10 de enero de 1890), 14.

Comité de soutien

ont d'ores et déjà apporté leur soutien

Mgr Marc AILLET, évêque de Bayonne, Lescar et Oloron
M. Pierre-Olivier ARDUIN, directeur de la commission bioéthique du diocèse de Fréjus-Toulon
Abbé Claude BARTHE, écrivain
Abbé John BERG, supérieur général de la Fraternité sacerdotale Saint-Pierre
M. Henry BONNIER, écrivain, fondateur des éditions Koutoubia
M. Christophe DICKÈS, historien et journaliste
Mgr André FORT, évêque d'Orléans
M. Christophe GEFFROY, directeur de la Nef
Père Michel LELONG, Père blanc, ancien professeur à l'Institut catholique de Paris
M. Jean-Pierre MAUGENDRE, président de Renaissance Catholique
M. John PEPINO, docteur en Grec et Latin des Pères de l'Eglise, professeur de langues anciennes et de patrologie
Mme Huguette PEROL, femme d’ambassadeur, écrivain, fondatrice du GREC
M. Luc PERRIN, historien et membre actif du GREC
Docteur Alcuin REID, professeur de liturgie, écrivain
Mgr Dominique REY, évêque de Fréjus-Toulon
M. Shawn TRIBE, responsable du New Liturgical Movement
Abbé Gilles WACH, prieur général de l'Institut du Christ-Roi Souverain Prêtre

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miércoles 21 de enero de 2009

Decreto de levantamiento de la excomunión latae sententiae a los obispos de la Fraternidad San Pío X (21 de enero de 2009)

Congregación para los Obispos, Decreto de levantamiento de la excomunión latae sententiae a los obispos de la Fraternidad San Pío X (21 de enero de 2009)

Con una carta del 15 de diciembre de 2008 enviada a su eminencia el señor cardenal Darío Castrillón Hoyos, presidente de la Comisión pontificia «Ecclesia Dei», monseñor Bernard Fellay, en su nombre y en el de los otros tres obispos consagrados el 30 de junio de 1988, volvía a solicitar el levantamiento de la excomunión latae sententiae declarada formalmente con un decreto del prefecto de esta Congregación para los obispos que lleva fecha del 1 de julio de 1988.

En la mencionada carta, monseñor Fellay afirma, entre otras cosas: «Estamos siempre firmemente determinados en la voluntad de permanecer católicos y de poner todas nuestras fuerzas al servicio de la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo, que es la Iglesia católica romana. Aceptamos sus enseñanzas con espíritu filial. Creemos firmemente en el primado de Pedro y en sus prerrogativas y por ello nos hace sufrir mucho la situación actual».

Su Santidad Benedicto XVI paternalmente sensible al malestar espiritual manifestado por los interesados a causa de la sanción de excomunión y confiando en el compromiso, expresado por ellos en la citada carta, de no escatimar esfuerzo alguno para profundizar en las cuestiones aún abiertas en las necesarias conversaciones con las autoridades de la Santa Sede, a fin de llegar rápidamente a una solución plena y satisfactoria del problema planteado en un principio, ha decidido reconsiderar la situación canónica de los obispos Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta, que se produjo con su consagración episcopal.

Con este acto se desea consolidar las relaciones recíprocas de confianza, intensificar y hacer estables las relaciones de la Fraternidad San Pío X con la Sede apostólica. Este don de paz, al final de las celebraciones de Navidad, quiere ser también un signo para promover la unidad en la caridad de la Iglesia universal y llegar a remover el escándalo de la división.

Es de desear que tras este paso se produzca la solícita realización de la plena comunión de toda la Fraternidad San Pío x con la Iglesia, testimoniando así auténtica fidelidad y un verdadero reconocimiento del Magisterio y de la autoridad del Papa, con la prueba de la unidad visible.

Por las facultades que me han sido concedidas expresamente por el Santo Padre Benedicto XVI, en virtud del presente decreto, levanto a los obispos Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta la censura de excomunión latae sententiae declarada por esta Congregación el 1 de julio de 1988 y declaro privado de efectos jurídicos a partir del día de hoy el decreto entonces publicado.

Roma, Congregación para los obispos, 21 de enero de 2009

Cardenal Giovanni Battista Re
Prefecto de la Congregación para los obispos

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martes 13 de enero de 2009

Entrevista a Su Exc. Mons. Albert Malcolm Ranjith, Arzobispo Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

VATICANO - El Motu Proprio «Summorum Pontificum» es «también un signo para toda la Iglesia sobre algunos principios teológico-disciplinares que se deben salvaguardar para una profunda renovación, tan deseada por el Concilio»

Entrevista a Su Exc. Mons. Albert Malcolm Ranjith, Arzobispo Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) -
El 14 de septiembre entró en vigor el Motu Proprio «Summorum Pontificum» promulgado por el Papa Benedicto XVI el 7 de julio de 2007 y dedicado al rito de San Pío V revisado en 1962 por el Papa Juan XXIII. Con el Motu Proprio (iniciativa promovida por quien tiene facultades para ello) vuelve la posibilidad de celebrar con el Misal tridentino sin tener que pedir necesariamente el permiso del Obispo. Con el Concilio Vaticano II y en particular, con la reforma litúrgica de 1970 promovida por el Papa Pablo VI, el antiguo Misal fue sustituido por el nuevo y, aunque oficialmente no fue nunca abolido, los fieles debían tener el permiso expreso del Obispo para utilizarlo. Un permiso sancionado en otro Motu Proprio: Ecclesia Dei adflicta firmado por el Papa Juan Pablo II el 2 de julio de 1988. Hoy, con el nuevo Motu Proprio, ya no es necesario este permiso y cualquier «grupo estable» de fieles puede pedir libremente al propio párroco la posibilidad de celebrar siguiendo el antiguo Misal. La Agencia Fides ha dirigido algunas preguntas a este respecto a Su Exc. Monseñor Albert Malcolm Ranjith, Arzobispo Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos.

Excelencia Reverendísima, ¿cuál es en su opinión el sentido profundo del Motu Proprio «Summorum Pontificum»?

Veo en esta decisión no sólo la solicitud del Santo Padre de abrir el camino para la vuelta en la plena comunión de la Iglesia, de los seguidores de Monseñor Lefèbvre, sino también un signo para toda la Iglesia sobre algunos principios teológico-disciplinares que se deben salvaguardar para una profunda renovación, tan deseada por el Concilio.

Me parece que hay un fuerte deseo del Papa de corregir esas tentaciones visibles en algunos ambientes que ven el Concilio como un momento de ruptura con el pasado y de un nuevo inicio. Basta recordar su discurso a la Curia Romana el 22 de diciembre de 2005. Por otra parte tampoco el Concilio fue pensado, en sí mismo, en estos términos. Tanto en sus elecciones doctrinales como en las litúrgicas como también en las jurídico-pastorales, el Concilio constituyó un momento de profundización y actualización de la rica herencia teológico-espiritual de la Iglesia en su historia bimilenaria. Con el Motu Proprio el Papa quiere afirmar claramente que toda tentación de desprecio de estas veneradas tradiciones está fuera de lugar. El mensaje está claro: progreso, sí, pero no a costa, o sin la historia. También la reforma litúrgica debe ser fiel a todo lo que ha sucedido desde los inicios hasta hoy, sin exclusiones.

Por otro lado, no debemos olvidar nunca que para la Iglesia Católica la Revelación Divina no procede tan sólo de la Sagrada Escritura, sino también de la Tradición viviente de la Iglesia. Esta fe nos distingue claramente de otras manifestaciones de la fe cristiana. Para nosotros la verdad es lo que emerge, por así decir, de estos dos polos, es decir Sagrada Escritura y Tradición. Esta posición es para mí mucho más rica que otras visiones porque respeta la libertad del Señor de guiarnos hacia una más adecuada comprensión de la verdad revelada incluso a través de lo que sucederá en el futuro. Naturalmente, el proceso de discernimiento de lo que emerge viene realizado por medio del Magisterio de la Iglesia. Pero lo que debemos entender es la importancia atribuida a la Tradición. La Constitución Dogmática Dei Verbum afirmó claramente esta verdad (DV 10).

Además la Iglesia es una realidad que supera los niveles de una pura invención humana. Ella es el Cuerpo Místico de Cristo, la Jerusalén celeste y la estirpe elegida por Dios. Ella, por tanto, supera las fronteras terrenas y toda limitación de tiempo y es una realidad que transciende en mucho su manifestación terrenal y jerárquica. Por tanto, todo lo que se recibe en ella, deberá ser fielmente transmitido. Nosotros no somos ni inventores de la verdad ni sus dueños, sino tan sólo quienes la reciben y tienen la misión de protegerla y transmitirla a los otros. Como decía San Pablo hablando de la Eucaristía: «yo recibí del Señor aquello que a su vez os he transmitido» (1 Cor 11, 23). El respeto de la Tradición no es pues una elección nuestra libre en la búsqueda de la verdad sino que es su misma base que debe ser aceptada. La fidelidad pues a la Tradición, es una actitud esencial de la misma Iglesia. El Motu Proprio se debe entender, en mi opinión, en este sentido. Este es un posible estímulo para una necesaria corrección de la ruta. En efecto, en algunas de las elecciones de la reforma litúrgica realizadas después del Concilio, se han adoptado orientaciones que han ofuscado algunos aspectos de la liturgia, mejor reflejada que la praxis precedente, porque, para algunos, se ha entendido la renovación litúrgica como algo a realizar ex novo. Por el contrario, sabemos bien que no fue tal la intención de la Sacrosanctum Concilium, que revela que «las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (SC 23).

Una característica del Pontificado de Benedicto XVI parece que sea la insistencia en una correcta hermenéutica del Concilio Vaticano II. En su opinión ¿el Motu Proprio «Summorum Pontificum» va en esta dirección? Si es así, ¿en que sentido?

Siendo ya Cardenal, el Papa ya había rechazado en sus escritos un cierto espíritu de exuberancia visible en algunos círculos teológicos motivados en un llamado «espíritu del Concilio» que para él era en realidad un autentico «anti espíritu» o un «Konzils-Ungeist» (Relación sobre la Fe, San Pablo 2005, capitulo 2). Cito textualmente dicho escrito en el que el Papa subraya: «hay que oponerse decididamente a este esquema de un antes y un después en la historia de la iglesia, algo completamente injustificado según los mismo documentos del Vaticano II que no hacen sino reafirmar la continuidad del catolicismo» (ibid p. 33).

Un error tal de interpretación del Concilio y del camino histórico-teológico de la Iglesia ha influido en todos los sectores eclesiales, incluida la liturgia. Una cierta actitud de fácil rechazo de los progresos eclesiológicos y teológicos, como también de los litúrgicos del último milenio por un lado y una ingenua idolización de lo que habría sido la mens de la Iglesia llamada de los primeros cristianos por otro, han tenido un influjo importante en la reforma litúrgico-teológica de la era post conciliar.

El rechazo categórico de la Misa pre-conciliar como un resto de una época ya «superada» ha sido el causante de esta mentalidad. Son muchos los que han visto así las cosas, aunque gracias a Dios, no todos.

La misma Sacrosanctum Concilium, la Constitución Conciliar sobre la Liturgia, no ofrece ninguna justificación a dicha actitud. Tantos en los principios generales como en las normas propuestas, el Documento es sobrio y fiel a lo que significa la vida litúrgica de la Iglesia. Basta leer el numero 23 del documento para convencerse de dicho espíritu de sobriedad.

Algunas de estas reformas han abandonado elementos importantes de la liturgia con las relativas consideraciones teológicas: ahora es necesario e importante recuperar estos elementos. El Papa, considera el rito de San Pío V, revisado por el Beato Juan XXIII como un camino para recuperar esos elementos ofuscados por la reforma. Seguramente habrá reflexionado mucho sobre la decisión; sabemos que ha consultado a diversos sectores de la iglesia sobre dicha cuestión y, a pesar de algunas posiciones contrarias, ha decidido permitir la libre celebración de dicho Rito. Esta elección no es tanto, como dicen algunos una vuelta al pasado, cuanto la necesidad de reequilibrar de modo integro los aspectos eternos, trascendentes y celestiales con los terrestres y comunitarios de la liturgia. Esto ayudará a establecer eventualmente un equilibrio entre el sentido de lo sagrado y del misterio por un lado y los gestos externos y las actitudes y compromisos socio-culturales que se derivan de la Liturgia.

Cuando era todavía Cardenal, Joseph Ratzinger insistía mucho en la necesidad de leer el Concilio Vaticano II, partiendo de su primer documento, esto es, la Sacrosanctum Concilium ¿Por qué cree Vd. que los Padres conciliares quisieron dedicarse sobre todo a la liturgia?

Antes de todo, detrás de dicha elección estaba seguramente la conciencia de la importancia vital de la liturgia para la Iglesia. La liturgia, podemos decir, es el ojo del ciclón, porque lo que se celebra es lo que se cree y lo que se vive: el famoso axioma Lex orandi, lex credendi. Por ello, toda reforma verdadera pasa por la liturgia. Los Padres eran conscientes de su importancia. Por otro lado, la reforma litúrgica era un proceso ya en acto incluso antes del Concilio a partir sobre todo del Motu Proprio «Tra le Sollecitudini» de San Pío X y la Mediator Dei de Pío XII.

Es San Pío X quien atribuye a la liturgia la expresión «fuente primaria» del auténtico espíritu cristiano. Quizá también la existencia de estructuras y la experiencia de quienes buscaban el estudio y la introducción de algunas reformas litúrgicas, movía a los Padres Conciliares a elegir la liturgia como una de las primeras materias en las sesiones del Concilio. El Papa Pablo VI reflejaba la mens de los Padres conciliares sobre la cuestión cuando dijo: «Nos rendimos en esto el homenaje conforme a la escala de valores y deberes: Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual, el primer don que podemos hacer al pueblo cristianos....» (Pablo VI, Discurso de clausura del 2° período del Concilio, 4 de diciembre de 1963).

Muchos han leído la publicación del Motu propio «Summorum Pontificum» como una voluntad del Pontífice de acercar a la Iglesia a los cismáticos lefèbvrianos. ¿Vd. cree que es así? ¿Va también en este sentido el Motu Proprio?

Si, pero no sólo. El Santo Padre explicando las motivaciones de su decisión. Tanto en el texto del Motu Proprio como en la carta de presentación escrita a los Obispos, enumera también otras razones importantes. Naturalmente habrá tenido en cuenta la petición, cada vez más creciente, realizada por numerosos grupos y sobre todo por la Sociedad de San Pío X y la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro como también de Asociaciones de Laicos, por la liberalización de la Misa de San Pío V. Asegurar la integración total de los lefèbvrianos era importante por el hecho de que con frecuencia se han cometido errores de juicio en el pasado, causando divisiones inútiles en la Iglesia, divisiones que en este momento resultan casi insuperables. El Papa habla de este posible peligro en la carta de presentación del Documento escrita a los Obispos.

¿Cuáles son en su opinión las problemáticas más urgentes de una justa celebración de la Sagrada liturgia? ¿Cuáles las instancias sobre las que más se debe insistir?

Creo que en la creciente petición de liberar la Misa de San Pío V, el Papa haya visto signos de un cierto vaciamiento espiritual debido al modo como vienen celebrados los momentos litúrgicos hasta ahora en la Iglesia. Dicha dificultad viene tanto de ciertas orientaciones de la reforma litúrgica post conciliar que tendían a reducir, o mejor aún, a confundir aspectos esenciales de la fe, como de actitudes atrevidas y poco fieles a la disciplina litúrgica de la misma reforma; esto se constata en todas partes.

Creo que una de las causas del abandono de algunos elementos importantes, del rito tridentino en la realización de la reforma post conciliar por parte de algunos sectores litúrgicos es el resultado de un abandono o una infravaloración de lo que sucedió en el segundo milenio de la historia de la liturgia. Algunos liturgistas veían los avances de este período en un modo negativo. Tal juicio es erróneo porque cuando se habla de la tradición viviente de la Iglesia no se puede elegir aquí y allá lo que concuerda con nuestras ideas preconcebidas. La Tradición, considerada en un sentido general incluso en los ámbitos de la ciencia, filosofía o teología, es siempre algo vivo que continúa desarrollándose y progresando tanto en los momentos altos como en los bajos de la historia. La Tradición viviente es para la Iglesia una de las fuentes de la revelación divina y es fruto de un proceso de evolución continúo. Eso es también así en la tradición litúrgica, con la «t» minúscula. Los avances de la liturgia en el segundo milenio tienen su valor. La Sacrosanctum Concilium no habla de un nuevo Rito, o de un momento de ruptura, sino de una reforma que surge orgánicamente de lo que ya existe. Es por ello que el Papa dice: «En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura. Lo que para las generaciones anteriores esa sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial» (Carta a los Obispos, 7 de julio de 2007). Idolatrar lo que ha sucedido en el primer Milenio en detrimento del siguiente es, pues, una actitud poco científica. Los Padres Conciliares no mostraron dicha actitud.

Una segundo problema sería el de una crisis de obediencia al Santo Padre que se nota en algunos ambientes. Si dicha actitud de autonomía es visible entre algunos eclesiásticos, e incluso en los rangos más altos de la Iglesia, no favorece ciertamente a la noble misión que Cristo ha confiado a su Vicario.

Se oye que en algunas naciones o diócesis los Obispos han emanado reglas que prácticamente anulan o deforman la intención del Papa. Dicho comportamiento no es conforme a la dignidad y nobleza de la vocación de un Pastor de la Iglesia. No digo que todos hagan esto. La mayoría de los Obispos y eclesiásticos han aceptado, con el debido sentido de reverencia y obediencia, la voluntad del Papa. Eso es realmente loable. Pero por desgracia, ha habido voces de protesta por parte de algunos.

Al mismo tiempo no se puede ignorar que dicha decisión era necesaria porque, como dice el Papa sobre la Santa Misa: «en muchos lugares no se celebraba de una manera fiel a las prescripciones del nuevo Misal, sino que éste llegó a entenderse como una autorización e incluso como una obligación a la creatividad, la cual llevó a menudo a deformaciones de la Liturgia hasta el límite de lo soportable». «Hablo por experiencia», continúa el Papa «porque he vivido también yo aquel periodo con todas sus expectativas y confusiones. Y he visto hasta qué punto han sido profundamente heridas por las deformaciones arbitrarias de la Liturgia personas que estaban totalmente radicadas en la fe de la Iglesia» (Carta a los Obispos). El resultado de tales abusos fue un creciente espíritu de nostalgia por la Misa de San Pío V. Además un sentimiento de desinterés general de leer y respetar tanto los documentos normativos de la Santa Sede, como las Instrucciones y Premisas de los libros litúrgicos lo cual empeoró la situación. La liturgia no parece todavía que figure todavía lo suficiente en la lista de las prioridades de los Cursos de Formación continua de los eclesiásticos.

Distingamos bien. La reforma post conciliar no es completamente negativa; antes bien hay muchos aspectos positivos en todo lo que se realizó. Pero también se introdujeron cambios de forma abusiva que se continúan realizando a pesar de sus efectos nocivos en la fe y la vida litúrgica de la Iglesia.

Hablo aquí por ejemplo de un cambio efectuado en la reforma, la cual no fue propuesta ni por los Padres Conciliares ni por la Sacrosanctum Concilium, esto es, la comunión recibida en la mano. Eso ha contribuido de algún modo a una cierta disminución de la fe en la Presencia real de Cristo en la Eucaristía. Esta praxis y la abolición de las balaustradas del presbiterio, de los reclinatorios de las iglesias y la introducción de prácticas que obligan a los fieles a estar sentados o de pie durante la elevación del Santísimo Sacramento reducen el genuino significado de la Eucaristía y, el sentido de la profunda adoración que debe dirigir la Iglesia al Señor, el Unigénito Hijo de Dios. Además, la Iglesia, morada de Dios se usa en algunos lugares como un aula para encuentros fraternos, conciertos o celebraciones interreligiosas. En algunas iglesias el Santísimo Sacramento está prácticamente escondido y abandonado en una pequeña capilla poco visible y poco decorada. Todo esto oscurece la fe, tan central de la Iglesia, en la presencia real de Cristo. Para nosotros católicos la Iglesia es esencialmente la morada del eterno.

Otro serio error es el de confundir los papeles específicos del clero y los laicos en el altar haciendo del presbiterio un lugar confuso, con demasiado movimiento y no ciertamente «el lugar» dónde el cristiano percibe el sentido de estupor y resplandor ante la presencia y la acción salvífica del Dios. El uso de las danzas, de instrumentos musicales y de cantos que tienen más bien podo de litúrgico, no son en absoluto conformes con el entorno sagrado de la iglesia y de la liturgia; añado además ciertas homilías de carácter político-social y con frecuencia poco preparadas. Todo esto desnaturaliza la celebración del S. Misa y hace de ello una coreografía y una manifestación de teatralidad, pero no de fe.

También hay otros aspectos poco coherentes con la belleza y el estupor de lo que se celebra en el altar. No todo va mal con el Novus Ordo pero hay muchas cosas todavía que deben ser puestas en orden evitando ulteriores daños a la vida de la Iglesia. Creo que nuestra actitud hacia el Papa, sus decisiones y la expresión de su solicitud por el bien de la Iglesia debe ser la que San Pablo encomendó a los Corintios: «pero que todo sea para edificación» (1Cor 14, 26). (P.L.R) (Agencia Fides 16/11/2007)

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